Yo siempre me había interesado por la traducción editorial. Quería dedicarme a ello y busqué cursos y másteres cuando aún estaba en la carrera para poder especializarme. En el grado solo había una optativa de medio cuatrimestre (unas seis semanas de duración) sobre el tema que, en vez de animarme a estudiar, me quitó las ganas por completo.

La traducción editorial, desde el punto de vista del estudiante, parece algo inalcanzable; un sueño que solo logran unos pocos. Además, se hace mucho hincapié en lo mal pagada que está, lo poco que se valora y lo copado que está el mercado. Con esta desesperanzadora lista no es de extrañar que muchos ni lo intenten, como fue mi caso. Hasta el verano del año pasado.

Había intentado mandar mi currículum varias veces a diferentes editoriales. Había seguido todos los consejos básicos para venderte bien: el correo personalizado, un currículo atractivo, claro y sencillo, una carta de presentación en la que se notase las ganas que tenía de trabajar, lo profesional que era y lo mucho que podía aportar. Y a enviar.

Ni que decir que nunca obtuve respuesta, claro.

Así que probé un método más arriesgado, más creativo y ligeramente más caro: enviar mi candidatura por correo ordinario. Sí, como lo oís, con su sello, su sobre y su papel de verdad. Yo he mandado pocas cartas en mi vida, pero casi que sentía la nostalgia. Esta vez quería hacerlo bien, que no se dijera que no conseguía trabajo en una editorial porque no me lo había currado lo suficiente.

En primer lugar, me hice una lista con las editoriales que conocía, que me gustaban o que podrían ser interesantes. Recabé información sobre ellas (correo electrónico, dirección postal, persona a la que dirigirme) e hice una base de datos básica en Excel.

Después, cambié la carta de presentación. Todos tenemos muchas ganas, todos tenemos formación más o menos específica sobre el tema y todos somos profesionales, así que… ¿Cómo me diferencio de los demás? En mi caso, mi carta de presentación era un relato corto, de una página, en la que más que venderme como profesional, vendía mi capacidad de narrar en mi lengua materna, el uso de puntuación, etc.

Y, por último, el currículum. Ya lo tenía bastante actualizado (es algo que hago muy a menudo), pero le di los últimos retoques: arriba la experiencia profesional, los idiomas de trabajo bien claritos, la formación en la parte de abajo… Todo con un diseño claro y que se leyera de un vistazo.

Fui a Correos y, entre miradas confusas de la muchacha que me atendió, envié casi cincuenta cartas por toda España. Estos fueron los resultados:

– De las 48 cartas que envié, cuatro fueron devueltas por no existir la dirección o no encontrarse allí la editorial. Fallo mío, claro. Algunas editoriales no publican su dirección y encontrarlas es una odisea. Otras tienen la dirección desactualizada y estás mandando la carta a Dios sabe dónde.

– De las 44 que sí que llegaron, unas apabullantes 37 no obtuvieron respuesta. Bien no llegaron a las manos que debían (no siempre se encuentra la persona indicada, sobre todo, en empresas grandes como Planeta o Penguin Random) o llegaron, pero no les interesaron.

– De las 7 que llegaron e interesaron:

  • 1 ofrecía una tarifa tan baja que la tuve que rechazar.
  • 1 estaba interesada pero, después de responderles, desaparecieron sin dejar rastro.
  • 1 agradecía mi carta, pero no necesitaban a nadie.
  • 1 me mandó una prueba de traducción que no llegué a pasar. Sí, esto también pasa y quizás os hable de ello algún día. Lo único bueno que saco es que no me dijo ningún error grave, que se puede arreglar. Además, me invitó a contactar con ellos en un tiempo para volver a intentarlo, porque les gustó mi forma de narrar.
  • 1 se interesó mucho por mi carta, me mandó una prueba, la pasé… ¡Y CONSEGUIDO!

No os voy a engañar, las estadísticas no son alentadoras. Pero hay un rayito de luz. Ya he traducido dos libros con esta editorial (y que sean muchos más) y, con esa experiencia, puede que alguna otra editorial se ponga en contacto conmigo la próxima vez que les mande el currículum.

Al final, la traducción editorial, como casi todos los campos de traducción, es una carrera de fondo. Las horas que pasas echando currículums parece que no dan su fruto, pero a la larga, con perseverancia y con un poco de suerte, cuando necesiten a alguien, ahí estarás tú.

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